بكثير من المحبة والكرم، خصنا صديقنا الأستاذ "خوليان سوكيو" بمقالته القيمة "سياسة الإبداع" لنشرها في شرفتنا التواصلية لـ AFT. وتشكل مقالة أستاذ فلسفة القانون والسياسة في الجامعة الوطنية الحرة بمدريد، قطعة أساسية من سلسلة المحاضرات التي نظمت بالجامعة الدولية "مينينديث بيلايو" في مدينة بلنسية ما بين 17 و 21 أكتوبر 2005 تحت إدارة الأستاذ "ميشيل كوميطا"، واختير لها عنوان "دراسات ثقافية: مستقبل العلوم الإنسانية". يذكر أن هذه المقالة غير منشورة ورقيا، وهي بسبيلها إلى النشر قريبا كما اخبرنا الأستاذ "سوكيو" .
A Manolo Ortega y Luisa González García
1.- El Tejido del artista. En las Cartas a Theo (1873-1890) Van Gogh (1853-1890) describe a esa fraternidad mundial de pintores y artistas, que tan íntimamente le preocupó, como un grupo despojado de “ametralladoras y otras nocivas armas de guerra”. Las únicas “armas” con que Van Gogh contaba eran el pincel y la pluma. Las “caretas y guantes de guerra” que le reclamaba Paul Gauguin, de su estancia truncada en Arlés, eran más el fruto de una calenturienta imaginación de guerrero envalentonado de la isla Martinica que bayoneta calada para desgarrar a la frívola y decadente sociedad de la capital modernista (Carta de 9/I/1889). ¿Únicamente, “pincel y pluma” para contraatacar a la maquinaria de guerra de los constructores de la sociología y la psiquiatría de hoy? El duelo sólo podía acabar en la derrota gloriosa del artista y sus hambrientos hermanos –los “impresionistas pobres” de París-. De tan excelsa derrota quedó un fajo de cartas a Theo que, en mi opinión, constituyen mucho más que un libro, otro libro de la biblioteca. Son el texto sagrado de la creación artística contemporánea. Una verdadera Biblia del artista que perdurará para todos los creyentes auténticos de hoy. Un texto que expresa mucho más que un diálogo del artista con un dios. Es la confesión íntima del pintor con ese pobre “marchand apóstol”, unido por la sangre y condenado a mal alimentarle, al que el Maestro le concede haber pintado a medias consigo: haber tenido parte, nada menos, “en la producción de ciertas telas que aun en el desastre guardan su calma” (Carta de 29/VII/1890). En la carta final, Vincent le concede a Theo no sólo ser más que el marchand de Corot –a quien admiraba mucho- sino “no estar entre los marchands de hombres” (Carta de 29/VII/1890).
Recuperar esa humanidad que no se desdobló de la naturaleza requiere paciencia. Para ello, hay que disponerse, por el momento, a copiar a los pintores que pertenecen a una tradición auténtica.
El artista pinta para una experiencia humana que está por venir. Sabe que la gente todavía está muy lejos de comprender qué relación existe entre un trozo de naturaleza y otro (Carta de 24/VI/1890). Aunque su trabajo frenético, excitado, se proyecta hacia un futuro en el que vendrá un pintor que en el ámbito del retrato hará lo que Monet logró en los límites del paisaje (Cartas de 5/V/1888, 15/VIII/1888 y 3/V/1889) –hoy podemos decir, sin duda, que Van Gogh mismo-, sus conocimientos de la tradición auténtica eran infinitos y se extendían del gris de Velázquez a los pintores que le antecedieron en el sur de Francia. Deseaba “fundar algo muy simple pero duradero” (Carta de 30/IV/1889). Pero su trabajo no es una fundación sino una refundación en la que no está sólo: muertos como Rembrandt, Delacroix, Millet, Goya o Rubens y contemporáneos desastrados como Gauguin o ejemplos como Monticelli y Daumier le acompañan. Le dan muchos más problemas los vivos que los muertos. Pero sabe que toda revolución requiere de un sacrificio: el pintor con el reconocimiento se ablanda. El artista es el “caballo de tiro” de “grandes y hermosos ojos afligidos”, que “arrastra un coche lleno de gente que se va a gozar de la primavera”. La revolución que vendrá en la pintura desborda una vida. Los cielos rosas que Corot veía en su delirium tremens luego llegaron para Van Gogh, pero para ello hay que saber que “somos muy poca cosa”, ser un “anillo en la cadena de los artistas” requiere pagar un “precio muy duro en salud, en juventud, en libertad, de la cual no gozamos en lo más mínimo” (Cartas de 10/V/1888 y de 9/V/1889). Aunque este sacrificio tiene algo de autoinmolación, la sociedad contemporánea supedita al trabajo creativo a unas leyes que el artista no puede superar. Sus “ciencias”, humanas y sociales, vienen a confirmar sus demandas. La sociología y la psiquiatría, a la vez que configuran qué es un hombre normal y predicen su cotidianidad, someten a la “disidencia” a un diagnóstico político que certifica su marginalidad.
Aunque Van Gogh intuía que iba a atesorar un papel decisivo en la historia de la pintura sobre el apilamiento fraternal de cuadros que casi nunca se vendían, su lucha por el logro de la auténtica combinación de los seis colores fundamentales es la epifanía de un necesario calvario. Un sacrificio consciente, anuncio de la locura que llega, en el que los rechazos de la academia, las deudas y el hambre, las supuraciones y los desangramientos del estómago, las visitas del jefe de policía, el psiquiátrico, las denuncias de la sociedad arlesiana y la falta de modelos humanos, entre otras soledades, se suceden. Hoy nos vestiríamos de cualquier cosa y permaneceríamos rígidos, días y horas, para un cuadro de Van Gogh. ¿A quién no le gusta ser observado en las mejores subastas y descansar custodiado en las refulgentes cámaras y salas de reunión de los bancos de Japón? Pero, entonces, ni las putas de verdad le aguantaban posar. Muy desasosegado y consciente de la locura que vendrá, no llegaba, en cambio, a envanecerse y se consideraba, humildemente –y esto es muy importante-, “en calidad de pintor y obrero”, libre para decidir su destino final (Carta de II/1889). “Pintor y obrero”, considerémoslo. Van Gogh, a la vez que cumple su destino trágico de pintor, quiere recuperar una profesión, trabajar no importa en qué. Enfermero, quizás (Carta de 3/V/1889). Cuando dice preferir seguir siendo zapatero a “músico con los colores” -justo después de haber encomiado “hacer como una música de tonos con el color”- es porque no concibe un arte que no esté enraizado en los trabajos más comunes y humanos de la gente (Carta de 12/II/1890). Aquí la coincidencia con León Tolstoi en el rechazo de cualquier trabajo creativo que se erija sobre el trabajo manual, por perpetuador de una escisión esclavizadora, es total. Van Gogh anduvo parafraseando epistolarmente, como un salmo, la traducción francesa de Ma religion de Tolstoi leída, indirectamente, a través de un artículo de Revue des Deux Mondes. Mendigó su envío –ya publicada, dice, en 1885 pero no vista por el maestro en ningún catálogo- a su fraternal apóstol (Cartas de 17/IX/1888 y IX/1888). Tolstoi y Van Gogh son los dos grandes derrotados por esta espasmódica división entre lo manual y lo intelectual, realizada por la sociedad industrial y ratificada por la formulación de la sociología justamente posterior. Cabe elaborar los anales de esta derrota y ponerse del lado aliado de los perdedores.
2.- La desacralización del mundo. La construcción de las ciencias sociales y humanas en el tránsito entre los dos pasados siglos partió, al menos, de dos presupuestos fundamentales: la desacralización social y la división social del trabajo, como invariantes del mundo moderno. La religión entendida como “re-ligare” social adquirió un prestigio excepcional como desideratum de la teoría sociológica en la escuela francesa anterior a
El intelectual se situó en una posición privilegiada como actor especializado y de alto prestigio. No en vano, la reflexión de Schmitt sobre el intelectual contemporáneo no deja de reconocerle algún brillo estelar, cuando anuncia su ensombrecimiento por la mayor representatividad estética, jurídica e histórica universal de la misma Iglesia. El trabajo intelectual se elevó sobre las actividades manuales, de menor rango social, mediante universidades, academias, instituciones representativas y periódicos jerarquizadores de los conocimientos sociales. Entre las primeras víctimas insignes del mundo de las bellas artes y las letras destacan, paradójicamente, constructores imprescindibles de nuestra más excelente sensibilidad cultural como Edgard Allan Poe, Paul Gauguin, Henry David Thoreau, Vincent van Gogh o León Tolstoi. Son magníficos “asesinados por la sociedad”, en expresión de Antonin Artaud, que dan cuenta de muchos otros cadáveres desaparecidos, no identificados todavía, abandonados en la cuneta de la gran vía abierta por una gran máquina burocrático industrial, engrasada con el beneplácito de la inmensa mayoría de los elementos cooperadores de la sociedad. Antes de convertirse en prestigiosos bienes editoriales, todos ellos y muchos otros son encarnecidas y descarnadas experiencias trágicas Las Cartas a Theo de Van Gogh, Walden (1854) de Thoreau o El padre Sergio (1898) de Tolstoi son grandes monumentos creativos que nos ponen ante la pregunta fundamental acerca de quiénes son los auténticos creyentes en un mundo casi absolutamente desacralizado y altamente rentable.
La gran Biblia nada edificante de estos nuevos creyentes son las Cartas a Theo de Vincent van Gogh. Tras los comentarios a Theo de 17 de septiembre y de otra situada a continuación sin fechar exactamente de septiembre también, ambas de 1888, la correspondencia no acusa recibo del deseado libro de Tolstoi. Nunca debió llegar pues hubiera sido celebrado como el maná. Esta preciosa coincidencia espiritual debió ser debida a una lectura muy casual pues, justo antes del preciado artículo sobre el autor de Guerra y Paz (1863-1869) que le despierta la admiración, aparece en Revue des Deux Mondes un “Les maitres espagnols et l´art naturaliste” de S. Jacquemont, donde se trata algo pictóricamente fundamental para el maestro holandés: que ya no es necesario imitar literalmente a la naturaleza porque el naturalismo español de Velázquez, Murillo, Zurbarán, Ribera y Goya –mucho más verdadero, más ingenuo, más profundo que el naturalismo holandés, dice su autor-, forma un conjunto de “maestros divinos” que han llevado a la “perfección” las “teorías” y los “procedimientos” tan valiosos a los modernistas de la segunda parte del siglo XIX. Quizás el maestro holandés tenía demasiado aprendida ya esta lección pictórica. Van Gogh, ese día, retrasó su empeño con la “pluma y el pincel” y siguió leyendo. Así encontró un compañero en su soledad. Lo que impacta decisivamente al Van Gogh lector sagital del Tolstoi de Revue des Deux Mondes son dos aspectos. De una parte, que un libro religioso (Ma religion (1885)[1][8][8]), inserto en la profunda tradición rusa, busque lo eterno y común a todas las religiones. Le imanta que la religión tolstiana no reconozca ni la resurrección del cuerpo ni la del alma después de la muerte, como los nihilistas. Le atrapa cómo afirma la perdurabilidad única de la “humanidad viviente” que renueva la obra realizada, generación tras generación, sobre lo realizado por los antepasados. Tolstoi, a diferencia de los nihilistas, no obstante, considera imprescindible hacer el bien porque eso es lo único que existe. Aún echando en falta no haber leido el libro, Van Gogh guarda la esperanza de encontrarse con una religión que, en vez de ser cruel y aumentar los sufrimientos, consuele, serene, active e inculque el valor de vivir. A Van Gogh le fascina la posibilidad de que, más allá del acaecimiento de una “revolución violenta”, se produzca, impulsada por estas ideas, una “revolución íntima y secreta en la gente”, religiosa o mejor inédita, sin nombre todavía, que, como la religión cristiana, consolará y hará la vida posible. Después de tanto cinismo, escepticismo y farsa, se querrá “vivir más musicalmente”. No le preocupa ser incapaz de predecirlo todo, le alienta tener en el horizonte futuro algo más que catástrofes que como rayos caerán sobre el mundo moderno y la civilización (revolución, guerra o bancarrota de los Estados carcomidos). Ni astrónomo, ni estadista, le interesa, para el futuro, esa posición zen que estudia atentamente una “brizna de hierba”. No pudo ser más consecuente con esta inteligencia del filósofo japonés al entregarse al estudio del color. De otra parte, le atrapa como lector activo que un noble como Tolstoi se haga obrero y sepa hacer botas, reparar poleas, conducir el carro y labrar la tierra.
Ma confession (1887) fue publicado antes en francés que en ruso. Tolstoi reservó este escrito razonador de su evolución y de su enfermedad más moral que física a la sociedad intelectual de su país en copias que circularon desde 1886. Como visión espiritual fundamental, condensa los presupuestos de Que faire? (1891), Ce qu´il faut faire (1888, Qu´est-ce que l´Art? (1898) y Ma Religion. Mi confesión plantea una ruptura con
Que la vida le resulte clara y plena de sentido no significa, para Tolstoi, que el conocimiento científico tenga la explicación de todo. El comienzo de todo le parece escondido en el infinito. Pero que no se puedan conocer las causas finales del mundo, no impide que desee estar volcado en lo que sabe es “absolutamente inexpresable”. Desea que lo ininteligible permanezca y lo sea como una limitación de su espíritu; quiere que lo inexplicable se presente como una necesidad absoluta de su razón y no como una obligación de creer. Lo que le parece innegable y conocido a Tolstoi es que la doctrina cristiana posee tanto lo verdadero como lo falso confundidos y que hay que separar un hilo del otro en esta maraña que le resultan las confesiones religiosas. En 1879, esta tarea es confesada y espera sea impresa, probablemente, en Mi religión. Tres años después. Tolstoi ofrece un sueño como resumen de todo lo que ha querido decir a la consideración del público en Mi confesión. Se trata de una imagen en la que el está dormido y se incomoda. No sabe bien por qué está molesto: si porque no está bien tapado o porque le molesta algo en la espalda. Empieza a observar sus piernas y ve que su cuerpo está apoyado por andaderas sobre todo su dorso. Comienza a desembarazarse de todas las andaderas, una tras otra, hasta que ya sólo pende de una en la parte más alta de la espalda. Se da cuenta, entonces, de que está cayendo, sin sujeción, desde un abismo elevado a la altura de una inmensa montaña. Se desasosiega, quiere despertarse y no puede, hasta que siente que vuelve a estabilizarse sobre una sola andadera a la altura de la cintura y que un macizo castillo, sin base pero situado más alto que él, le supera en altura. Desde allí, inexplicablemente, le cae una cuerda que le sirve para liársela y ya no siente el vértigo de la caída. Entonces, le despierta una voz que le llama a tener cuidado. Sin hacer demasiada “onirocrítica”, cabe suponer que Tolstoi quiso expresar que cabía salir del desasosiego que produce no estar en ninguna “ortodoxia” a través de fuertes convicciones personales. Un elevado respeto hacia lo innombrable y la confianza personal en que hay certezas sociales básicas que unen fundamentalmente a los hombres conceden la fortaleza necesaria para una misión personal y sagrada en el mundo. A la angustia del artista, Tolstoi respondió con la fe en el amor universal y el respeto por lo insondable. Mientras que la culminación del descubrimiento pictórico de Van Gogh coincide con el desconcierto de atisbar la locura que le aguarda sin descartar que todos estemos locos. Van Gogh es más vulnerable porque no reconoce que le pueda ser negada la combinación perfecta de los colores y porque sólo su hermano, y no la sociedad, sostiene su pintura.
3.- Perdedores e intranquilos. Los aspectos eruditos expuestos por Anatole Leroy-Beaulieu en Revue des Deux Mondes son sorteados por Van Gogh en la búsqueda fundamental de una disposición moral que revolucione los espíritus. El pathos de Van Gogh y Tolstoi son coincidentes y serán relegados al olvido por el proceso de racionalización de la acción social en el mundo moderno, entendido como sojuzgamiento de toda actividad social a un cálculo racional medios a fines, propio de la racionalidad instrumental. Las posiciones morales excelentes son “cantos de sirenas” que apartan del curso óptimo de la navegación, distraen, no han de ser escuchados o, de ser atendidos en su belleza, no han de ser seguidos. Un noble que se mete a zapatero, mecánico y labrador transportista puede ser considerado un excéntrico impertinente entre la jauría de perros. Van Gogh, en cambio, sabía que traductores, litógrafos, grabadores, rodean al artista como otro más, y son imprescindibles en el proselitismo necesario de la obra de arte para ésta trasforme espiritualmente al pueblo (Carta de IX/1889). La coherencia obrera de ambos es muy razonable. “Hago lo que puedo por trabajar no importa en qué”, señala el pintor en las cartas a Theo (Carta de 30/IV/1889). Y, en ¿Qué hacer?, Tolstoi expone su concepción de la esclavitud a la que contribuyen los intelectuales al relegar el trabajo manual a trabajo servil. Hay que añadir el trabajo manual al trabajo científico y no aprovecharse de esclavos, defiende. Todo el interés del intelectual consiste en liberarse del trabajo manual y aprovecharse de las clases pobres, ignorantes y desgraciadas. Tolstoi duda de la humanidad de todos aquellos cristianos que obligan a su sirvienta a sacar el bacín de sus excrementos. El intelectual y el artista están rodeados de actividades útiles –la del cajista, la de los luthieres, los bibliotecarios, los mecánicos, los fabricantes de lienzos y bastidores,...- pero –señala- ¿tiene alguna utilidad el trabajo del artista, del científico, del escritor o del profesor? Algunas veces su utilidad es muy dudosa. No poseen utilidad alguna cuando sus frutos revierten en su propio prestigio y en su separación del resto de la sociedad esclava. Sólo tienen utilidad estas actividades, consideradas sublimes –señala Tolstoi-, cuando el artista o el científico siguen una vocación que sacrifica, incluso, su tranquilidad y bienestar en aras de una creación que revierte en la mejora espiritual de sus conciudadanos. El problema radical es que mucha actividad mental hecha en las mejores academias no vale ni mucho menos lo que consumen del trabajo ajeno. De aquí el empeño en autojustificarse como indispensables para el género humano. El auténtico artista no se justifica, hace el bien cuando está a su alcance –como el obrero- y ni aporta pruebas que le privilegien, ni demanda mayores derechos que los demás. Tolstoi sitúa el inicio de este falseamiento en el proceso de secularización: cuando nos sacudimos el poder ejercido por las supersticiones, apareció la hegemonía de
Max Weber fue uno de esos científicos que arriesgaron su tranquilidad personal y su bienestar en pro de la culminación de una vocación científica. Hubiera suscitado el máximo respeto de León Tolstoi. Diagnosticar la hipostatización del mundo racional y la hiperburocratización de todas las esferas de la acción social –de la música al derecho- le constó estar dos décadas apartado de la docencia por una crisis nerviosa. Es uno de esos profesores y científicos a los que Tolstoi no negaría utilidad y concedería aportar más de lo que consume. En todo caso, es el emisario de las peores noticias para personajes como Van Gogh y Tolstoi. Fue el ratificador de que el tiempo futuro será desacralizado e hiperracionalizado, de acuerdo con el plan de actividad diseñado por la racionalidad instrumental medios a fines. Los elementos mágico religiosos, que movilizaron la acción, permanecerán –según el diagnóstico weberiano- como subsidiarios de una acción racional que busca la eficiencia en los resultados. La empresa económica racional –de acuerdo con un argumento pormenorizado en La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905-1920)- fue el resultado de la secularización occidental de la ascesis espiritual realizada en los monasterios. Cuando el ascetismo monacal, entendido como vida de recogimiento, sale de los estrictos límites del convento, y comienza la búsqueda protestante de seguidores, permanece la forma ascética pero secularizada. El recogimiento y el proselitismo adquieren la nueva manifestación secular en el empresario racionalizador del mercado, capaz de ahorrar e invertir, y de ajustar los precios de los bienes según el juego de la oferta y la demanda. Toda ascesis espiritual que no pase por esta racionalización medios a fines caerá, según Max Weber, bajo los síntomas neuróticos de la “jaula de hierro”. El pájaro que desee emprender el vuelo permanecerá ligado a la trampa previamente dispuesta de la racionalización formal. La misma sociedad racionalizada que permite el progreso rentabilizador, constriñe todos los esfuerzos creativos más netos y ajenos al lucro bajo la neurosis y la marginación social.
¿Cabe preguntarse qué papel juega la revolución espiritual de unos hombres que quieren ser artistas y obreros dentro de la empresa racionalizadora que impregnaba su tiempo? Van Gogh se planteaba proseguir un estudio acertado de
4.- El oficio de funambulista: perseverar en el vacío. El eremita desea promover un eremitario. El eremita comienza solo y desea formar en su entorno un falansterio. El más resuelto Van Gogh se repite un “tantra” que afirma “yo quiero a toda costa seguir adelante, quiero ser yo mismo”. Se repite, hasta el paroxismo, “siento en mi la obstinación y estoy por encima de lo que la gente pueda decir de mí y de mi obra” (Amberes, noviembre de 1885-febrero de 1886). Pero no le sobra la buena compañía. Dos obsesiones turban el trabajo creativo de Van Gogh: la desgracia de resultar un peso para su hermano Theo –“quisiera sobre todo ser menos una carga” (París, Carta de verano de 1887)-; y el presentimiento de la locura. Ambos fantasmas le conducen a buscar diferentes formas de compañía. Sabe que encontrar una manera digna de vivir en armonía con la profesión requiere rentas propias, como las tuvieron Delacroix, Millet y Corot (Carta de 30/IV/1889). Son innumerables las “cuentas claras” de gastos escrupulosamente sumados, los agradecimientos de envíos de cincuenta francos, los apremios para que lleguen los colores y poder pintar los vergeles, las confesiones de hambruna aliviada a base de pan, las autoinculpaciones por haber condenado al hermano provisor a la misma pobreza, las preocupaciones por los sobresaltos ocasionados por los primeros internamientos, el deseo de aportar más con las ventas que los gastos ocasionados con la creación, que Vincent envía a Theo. Ante tantas dificultades, le caben dos remedios: o una fraternidad de pintores donde beneficios y bancarrotas se equilibren a favor de los impresionistas pobres o una compañía para él de mayor energía, como la de Paul Gauguin. Siempre es mejor la compañía ya que “si uno se queda solo viene la neurastenia, porque los tiempos son poco divertidos, a menos que se encuentre la felicidad en el trabajo.” (Amberes, noviembre de 1885-febrero de 1886). Para plasmar la solidaridad entre pintores, Van Gogh idea una antiempresa para un antimercado: como hay pintores prestigiosos con beneficios sobrados, propone que se haga un fondo de cuadros de pintores afamados y que los beneficios reviertan en los pintores pobres. Degas, Monet, Renoir, Sisley, Pisarro darían el primer paso, luego seguido por Van Gogh, Gauguin, Guillaumin y Seurat, y unos buenos tasadores –“marchands” como Tersteeg, Portier y Theo Van Gogh- establecerían un valor con los cuadros de diez mil francos, aportados con los “grandes impresionistas del Grand Boulevard” en favor de los “impresionistas pobres”. La fama y el prestigio serían intocables pero el “fondo de compensaciones” impediría que algunos pintores trabajen en la “continua miseria” (Arlés, Carta de 10/III/1888). De otra parte, el pintor de las Botas de una campesina, que tanto inspiró a Martin Heidegger, está dispuesto a meter en la pobre casita amarilla de Arlés a un león llamado Gauguin con tal de acompañar a un pintor respetado y aminorar los gastos ocasionados a Theo por su manutención. Los estoicos habían dicho que cuando una gota de vino cae en la inmensidad del mar, la gota se mezcla absolutamente en toda la extensión marina, no hay ni cuerpo continente ni cuerpo contenido. Como la física y la ética estaban, para ellos, hibridadas (también con la lógica), se producía un reforzamiento moral mutuo, no cabía la imitación de uno por otro, y la relación de dominación era imposible. Todo era una reverberación de energía. Un mayor poder, un más intenso vigor, una más fuerte tensión creativa se producían. Entre Gauguin y Van Gogh, en Arlés, no se produjo una mezcla reforzante sino episódica. Después, el león desbarató todo desde una mayor fortaleza que los hermanos holandeses. A la desbandada, se sucedieron los reproches, los deseos parisienses de gloria, las reclamaciones de cuadros, las tensiones entre su familia y
Este proceso de ascesis quiere escapar, pero sucumbe al proceso racionalizador de un mercado implacable. Por momentos, Van Gogh quiere hacer de la necesidad virtud: si no vende será mejor pues hay que atesorar los cuadros y esperar a que suban sus precios como pasa con los vinos de excelente añada bien guardados en las barricas viejas (Carta de 22/X/1888). Por momentos, le urge recuperar el dinero gastado: “Es preciso llegar a que mis cuadros valgan lo que gasto en ellos (...) (Arlés, Carta de febrero de 1888-mayo de 1889); o se culpabiliza de los pésimos resultados: “(...) hemos gastado tanto dinero en esta maldita pintura, que no conviene olvidar que hay que recobrarlo con cuadros.” (Arlés, V/1888). A veces, hay que rebajar el precio de los cuadros como hace Gauguin. El hambre es un límite antropológico al que sucumben hasta los santos. El mercado lo puede todo. Convierte en locos a los pintores actuales y presentes que serán el lujo de las subastas del mañana. A Van Gogh sólo le consuela que, después de todo, son muchos los pintores tocados por la locura. La de pintor es una vida que le vuelve a uno muy abstraído de todo lo que le importa al común de los mortales. Así que la lista de precedentes pintores enloquecidos es grande: Troyon, Marchal, Méryon, Jundt, Maris, Monticelli y un montón más han acabado, se dice, como él (Cartas de 22/II/1889, 3/V/1889 y 25/V/1889). Si sigues la conminación de Nietzsche a “permanecer fieles al sentido de la tierra”, si te pasas toda la vida pintando “la misma brizna de hierba”, te sustraes de tener hijos, de jugar en bolsa, de pasear con la señora, de desear pesadas digestiones de garbanzos, de habitar en París (salvo que sea en el manicomio de Charenton, donde también estuvo Sade), de anhelar ir a Madagascar y demás huero objetivo mundano puesto en solfa por
La crítica más exacerbada de Van Gogh a ese mal cuadro, pintado por Dios en su peor momento, en que le ha tocado vivir la hace desde el manicomio. Van Gogh se expresa con la brevelocuencia que pedía Sócrates a sus contemporáneos: “(...) hay que salir de aquí, pero ¿dónde ir?” (Carta de 29/IV/1890). El más serio problema es que la locura, ya a finales del siglo XIX, lo impregna todo. El comedor del internamiento tiene las mismas cucarachas que el París de la “grandeur”. Vincent y Theo han encontrado una diferente reconciliación consigo mismo y frente a la sociedad cainita: el “marchand apóstol” ya tiene mujer e hijo, mientras que el “loco del puente” alcanza el sosiego del internamiento (Carta de IX/1889). Hay tres momentos en la locura de Van Gogh: el del presentimiento y el disimulo, el de la confusión entre la suya y la de la sociedad y, finalmente, el del encuentro con la solidaridad de la locura. ¿Qué presentía el artista? Van Gogh no se hacía ilusiones sobre las potencialidades positivas del mundo en que estamos encerrados. Al leer El año terrible de Victor Hugo, creo que como los gnósticos, supone que la esperanza viene de las estrellas (Carta de 6/VI/1888). Pero si de un gnóstico de trata, pensaría, entonces, que vivimos en una bóveda oscura que se cierra sobre nosotros en un mundo dominado por el mal, donde ni lo uno ni su contrario, escapan a este fatal designio. Tan sólo las estrellas son las entradas de luz, desgarrones de la bóveda, por donde llega alguna esperanza. La locura de Van Gogh se confirma como una percepción de que no va bien y no sabe ya donde está, ni lo uno ni su contrario, finalmente, le indican un camino. La revolución de la pintura sólo puede llegar de los nuevos pintores solos, pobres, tratados como locos y sin apenas vida social (Carta de 29/VII/1888). Para el verano de 1988, el hermano de Theo es consciente del sentido profundo del “gris Velázquez”. Como en Las Hilanderas, Van Gogh se encuentra rodeado de gris, blanco y negro en un restaurante, con dos mujeres que sirven y una que cocina. Sólo los elementos del restaurante venidos de la naturaleza ofrecen color. Como en el cuadro de Velázquez, un “rayo de sol muy fino y muy violento” irrumpe de lo alto, atraviesa aquí la persiana. Es la visión de un gnóstico que se tambalea en un cuadro cuya esperanza llega de las alturas. Así que el problema no es el manicomio. Pasados los incidentes de la denuncia social y la visita del comisario de policía, tras asimilar prisión y manicomio (Carta de 24/III/1889), el mayor problema es la dislocación, el desajuste del mundo. Ni la locura es vergonzosa, ni el hospital es terrorífico, ni la compañía de los locos es espantosa. La locura no es el problema porque por momentos todos estamos locos. Además, la locura es cosa de pintores. Que no se preocupe ni la madre, ni la hermana. La locura es una enfermedad como otra cualquiera. Incluso cabe lograr buenos paisajes a través de los barrotes y conseguir mayor interés por los cuadros en el interior del psiquiátrico –así por el doctor Gachet que trató al pintor en Auvens-sur-Oise- que entre los “snobs” parisienses. El gran problema ya no es la locura sino que la casa de locos se convierte en el templo de los desgraciados, en el monasterio que dona la única tranquilidad posible, porque allí cabe “seguir una regla”, atender a este deber (Carta de 30/IV/1889). Para Van Gogh, el manicomio fue el único lugar donde estar, antes de confirmar que no había respuesta a la pregunta acerca de “¿adónde ir?” y suicidarse. Porque, en el fondo, el diagnóstico weberiano de la “jaula de hierro” impregna, como ausencia de libertad creadora en un mundo tanto más hiperracionalizado y con tanta menos alma en el futuro, al interior y, no menos, al exterior de la casa de locos.
5.- El cultivo de la sensibilidad. Una interpretación no historicista de las Cartas a Theo permite apreciar su testimonio libre del almacén de hechos que le rodearon y en la desnudez de una confesión singular. Se trata de un texto que desea trascender expresamente los imponderables de su época y trazar un camino apenas desbrozado todavía. Es un tejido trenzado por la pluma de un artista poseedor de una vocación, de una creencia, inquebrantable. Subsumirlo en las leyes de comportamiento social de su época o pretender extraer consecuencias histórico-sociales de su relato no creo que sea lo más interesante. El riesgo indudable es ser tildado de idealista. Pero el defecto de incluirlo en el mayor número posible de leyes histórico sociales que puedan explicar su contexto supone desprenderlo de su cualidad singular y permanente en el tiempo. Son, más bien, los historiadores que siguen el modelo de las ciencias naturales –un método nomológico- los que buscarán la conexión real de este Texto, como eslabón de una cadena formada por las leyes de la historia. Creo que el método cualitativo de la sociología comprensiva aporta un acercamiento más fértil a su singularidad al concebirlo, por si mismo, como un objeto suficiente de conocimiento lógico. En este sentido, al Weber metodólogo le traían sin cuidado la influencia social que hayan tenido ejemplos tan provocativos como las cartas de Goethe con la señora Von Stein, la cúpula de
Determinada una de las posibles interpretaciones de las Cartas a Theo y mi premeditada exclusión de otros elementos contextuales adyacentes al texto, quisiera proponer algunas conclusiones sobre la disposición moral de Van Gogh como artista. De acuerdo con la exposición de Histoire de la folie à l´âge classique (1961), Michel Foucault supone que la locura es objeto de incautación y silenciamiento. Primero, con un rechazo generalizado, que se inicia a mediados del siglo XVII, con la época clásica. Después, a través de su conversión en objeto científico con la emergencia de la psiquiatría a comienzos del siglo XIX. Foucault se refiere a la locura como “ausencia de obra”, como pura negatividad, cuyo grito no posee valor alguno en el interior del “orden del discurso” o en la afirmación del proyecto de la historia. A esta experiencia dócil de la locura escapa una experiencia puramente positiva o afirmativa que no se somete a los rituales de la historia. Van Gogh forma parte, en esta lectura, de una “experiencia trágica”, compartida con Sade, Holderlin, Nietzsche, Nerval, Roussel, Artaud, ...., perturbadora de los rituales de exclusión de la cultura occidental. Van Gogh comparte una experiencia irreductible a los rituales de la razón occidental. Desde luego, Van Gogh traza una línea de demarcación entre su experiencia psiquiátrica y la de los “infelices” que “no hacen absolutamente nada (ni un libro, para distraerles no hay más que un juego de bolos y un juego de damas) no tiene otra distracción diaria que atiborrarse de garbanzos (....)” (Carta de 25/V/1889). Además, se rebela contra la estigmatización social que supone ser tachado de loco. No comprende cual es el límite entre el loco y el cuerdo. Tampoco se consiente caer en la molicie que el psiquiátrico reserva a todos. Pinta allí mismo sin descanso, hasta el límite que le permiten los materiales existentes. Se permite desafiar a la policía y sus órdenes de clausura con su amigo Signac, al que entrega “dos arenques ahumados”, denominación popular sobrepuesta a los gendarmes de Arlés (carta de 24/III/1889). Pero más allá de estas coincidencias rebeldes con la interpretación de Foucault, la revolución artística de Van Gogh, de contenidos políticos indudables, está caracterizada por la compasión con la humanidad. Lo que le interesa de la mirada del celador en jefe que está pintando, en su encierro, es el recogimiento de un hombre del pueblo, sencillo, que ha visto sufrir y morir a mucha gente (como Guizot, pero mejor pues es el celador es del pueblo). Para Van Gogh, la naturaleza –aldeanos, montones de trigo, hierba, trigo amarillo,...- es un consuelo como lo es el amor familiar para los que crean hijos en vez de pinturas y dibujos (Carta de IX/1889). Más que la experiencia de los irreductiblemente Otro que pudiera atribuirle Foucault a la experiencia de Van Goh, nos encontramos en la disposición moral del pintor con una trasformación cautelosa de la experiencia de sus contemporáneos a través de un fraternal diálogo. Por supuesto que Van Gogh quiere romper con muchas cosas –entre ellas con la pintura fotográfica y del contorno de
Nada más ajeno a la experiencia artística querida por Van Gogh que contribuir a la instauración de un canon artístico o la división entre
Cabe hablar de una revolución permanente en la pintura de Van Gogh. Una revolución que, idealmente, será proseguida por los pintores futuros en mejores condiciones sociales, menos penosas, que las de estos pintores que no se elevan al pedestal de la fama del Grand Bulevard. Es indudable que estas hordas de pintores libres del patrón académico están inmersas en una sociedad mercantil e industrial, intervienen en ella y plasman una política concreta. Pero ni es una política de la exclusión, ni pretende erigirse en una nueva academia hegemónica. El credo de Van Gogh no es una convicción fundamentalista sino el propio de un quietismo activo. Un trabajo sobre sí mismo y sobre los otros que no tiene una meta de llegada y se expresa en el hilo de Ariadna de una tradición necesariamente cambiante y apegada al pueblo.
Por todo ello, choca hoy tanto más que se haya podido coagular esa sangre que parecía manarle antes del trabajo en el “pintor loco del puente”, en la “oreja de Van Goh”. Quizás a Van Gogh le alarmara tanto pasar a ser el artista institucionalizado, más o menos estrafalario, que se suicida, como la gran joya que se encofra en los bancos japoneses y se expone en las salas de reuniones en forma de copia bajo reproducción exacta. Las reuniones de señoras que copian sus girasoles o hacen “mecramé” sobre sus modelos no difunden esa religiosidad humana que quiso, precisamente a través de la copia, llegara al pueblo. La copia no es hoy espiritual sino mecánica. ¿Qué ha sido del ideal japonés, de aquellos elogios al trazo preciso de los artistas japoneses, a ese arte que no se cuelga en las paredes niponas y se guarda? Tanta sutileza parece ahora sólo enaltecida por las subastas y los bancos mundiales. Indudablemente, el Texto, el Tejido del “pintor y obrero”, sigue inspirando a los creyentes de la pintura y lo seguirá haciendo. Pero la desacralización del mundo moderno avanza y sólo se puede observar, por el momento, un salto de la cantidad a la calidad de vulgaridad. O eso pienso.









